Dos años ( Micaiah )
[ Un relato de Micaih, mi paladina del Wow. Antes de este hay otro que aunque no tengan nada que ver dejo aquí el link por si a alguien le interesa ( que seguro que no xD ) . Micaiah en la capital Aqui. ]
Frente a mí, una inmensa explanada de hierba y al fondo, como un dibujo acuarelado la silueta de Ventormenta. Habían pasado dos años desde que huí aprisa una medianoche ataviada como una bandida a lomos de Atreyu. Dos años desde que mi rebeldía e ignorancia me hicieron caer en la desobediencia a las ordenes de un superior. El gremio me expulso y con ello lleve la desgracia al escudo de mi señor padre a mi renombre y a la reputación que ya tenia ganada en la sagrada ciudad.
Malditos sean esos días.
Maldita sea mi soberbia.
El cielo ennegrecía por momentos y el fuerte Atreyu se removía nervioso. Tormenta.
Me bajé del caballo y eché una mirada rápida a mí alrededor.
Quizás hubiesen unas cuevas a pie de las montañas al oeste, o unas piedras lo suficientemente grandes para alzar un pequeño campamento. No había nada.
No me importaba lo mas mínimo mojarme. Mi armadura y la cota de malla se encontraban en una de los sacos que arrastraba la montura. Los ropajes con los que me ataviaba en ese momento no eran los mas adecuados para una paladina, eran los de una viajera que quería cabalgar en el anonimato. Me preocupaba por Atreyu.
Él si llevaba una armadura costosa de metal y no quería verlo todo convertido en un montón de hierro oxidado. No, y menos después del precio que había pagado por aquella dichosa armadura.
A pesar de todo no me arrepentía. El caballo joven y flacucho que robe de los establos de la guardia el día de mi huida ahora se había convertido en un semental, grandioso, robusto y blanco como la nieve. Adoraba a ese caballo
Tanto como para gastarme la mitad de mi escasa fortuna en protegerlo de trampas y balas perdidas. En ese momento no tenia nada ni nadie más.
Mi escudo se estaría pudriendo en el fondo de la presa que cerca Ventormenta. Había hecho lo correcto, no tenia nada mas que hacer con él.
Palmee un par de veces a Atreyu en el lomo y me puse en camino hacia la ciudad. No era tan estúpida como para presentarme en la guardia completamente empapada por la lluvia y sin armadura. No, esta vez quería hacerlo bien. Quería abrirme las puertas hacia algo más. Y la visión de una muchacha delgaducha desarmada y manchada de fango no era precisamente la mejor forma de empezar. No. Solo quería ver si aun se encontraba esa posada a medio camino para pasar la noche y dar cobijo a Atreyu durante el diluvio.
Ya la divisaba. Un par de puntos incandescentes. La posada de cornamenta.
Deje a mi montura en el establo deleitándose con heno fresco y un lugar seco y seguro y yo me dirigí a puertas de la posada. Traspase el umbral y una agradable sensación cálida me envolvió. Olía a madera ardiendo, empanadas recién hechas, pólvora, cerveza y tabaco. Un ambiente familiar, después de tantos meses sin hogar lo mas parecido son las posadas.
Pero algo no iba del todo como yo esperaba. Enanos disfrutando de su más merecido placer, un par de encapuchados al fondo y varios guerreros en torno a la chimenea, todos se habían vuelto hacia mí. Era extraño.
Quizás me había acostumbrado a las posadas abandonadas en grandes paramos donde a nadie él importaba quien era y a donde ibas. Aquella era la única en el camino de Ventormenta a Villa del lago, todos se conocían y... si quizás sea eso. Soy una extraña para ellos.
Anduve un par de pasos mas con la cabeza baja para esquivar las miradas hasta que me choque con algo. Me sobresalté. Me habían sujeto por los hombros y completamente confusa levante la mirada para encararme con el indeseable que se interponía en mi camino.
Piel azul marina, dos metros aproximadamente de altura, armadura dorada reluciente y unos ojos en blanco. Suspire, sabia que esto tenía que pasar, pero no tan pronto
- Cuanto tiempo Micaiah...
Frente a mí, una inmensa explanada de hierba y al fondo, como un dibujo acuarelado la silueta de Ventormenta. Habían pasado dos años desde que huí aprisa una medianoche ataviada como una bandida a lomos de Atreyu. Dos años desde que mi rebeldía e ignorancia me hicieron caer en la desobediencia a las ordenes de un superior. El gremio me expulso y con ello lleve la desgracia al escudo de mi señor padre a mi renombre y a la reputación que ya tenia ganada en la sagrada ciudad.
Malditos sean esos días.
Maldita sea mi soberbia.
El cielo ennegrecía por momentos y el fuerte Atreyu se removía nervioso. Tormenta.
Me bajé del caballo y eché una mirada rápida a mí alrededor.
Quizás hubiesen unas cuevas a pie de las montañas al oeste, o unas piedras lo suficientemente grandes para alzar un pequeño campamento. No había nada.
No me importaba lo mas mínimo mojarme. Mi armadura y la cota de malla se encontraban en una de los sacos que arrastraba la montura. Los ropajes con los que me ataviaba en ese momento no eran los mas adecuados para una paladina, eran los de una viajera que quería cabalgar en el anonimato. Me preocupaba por Atreyu.
Él si llevaba una armadura costosa de metal y no quería verlo todo convertido en un montón de hierro oxidado. No, y menos después del precio que había pagado por aquella dichosa armadura.
A pesar de todo no me arrepentía. El caballo joven y flacucho que robe de los establos de la guardia el día de mi huida ahora se había convertido en un semental, grandioso, robusto y blanco como la nieve. Adoraba a ese caballo
Tanto como para gastarme la mitad de mi escasa fortuna en protegerlo de trampas y balas perdidas. En ese momento no tenia nada ni nadie más.
Mi escudo se estaría pudriendo en el fondo de la presa que cerca Ventormenta. Había hecho lo correcto, no tenia nada mas que hacer con él.
Palmee un par de veces a Atreyu en el lomo y me puse en camino hacia la ciudad. No era tan estúpida como para presentarme en la guardia completamente empapada por la lluvia y sin armadura. No, esta vez quería hacerlo bien. Quería abrirme las puertas hacia algo más. Y la visión de una muchacha delgaducha desarmada y manchada de fango no era precisamente la mejor forma de empezar. No. Solo quería ver si aun se encontraba esa posada a medio camino para pasar la noche y dar cobijo a Atreyu durante el diluvio.
Ya la divisaba. Un par de puntos incandescentes. La posada de cornamenta.
Deje a mi montura en el establo deleitándose con heno fresco y un lugar seco y seguro y yo me dirigí a puertas de la posada. Traspase el umbral y una agradable sensación cálida me envolvió. Olía a madera ardiendo, empanadas recién hechas, pólvora, cerveza y tabaco. Un ambiente familiar, después de tantos meses sin hogar lo mas parecido son las posadas.
Pero algo no iba del todo como yo esperaba. Enanos disfrutando de su más merecido placer, un par de encapuchados al fondo y varios guerreros en torno a la chimenea, todos se habían vuelto hacia mí. Era extraño.
Quizás me había acostumbrado a las posadas abandonadas en grandes paramos donde a nadie él importaba quien era y a donde ibas. Aquella era la única en el camino de Ventormenta a Villa del lago, todos se conocían y... si quizás sea eso. Soy una extraña para ellos.
Anduve un par de pasos mas con la cabeza baja para esquivar las miradas hasta que me choque con algo. Me sobresalté. Me habían sujeto por los hombros y completamente confusa levante la mirada para encararme con el indeseable que se interponía en mi camino.
Piel azul marina, dos metros aproximadamente de altura, armadura dorada reluciente y unos ojos en blanco. Suspire, sabia que esto tenía que pasar, pero no tan pronto
- Cuanto tiempo Micaiah...

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