Una bailarina y un maestro.
La música empezó a sonar.
Al principio era como las olas de una madrugada en calma, un murmullo. Pero aunque solo rasgaba el silencio con unas notas casi inaudible la muchedumbre se giró.
El sonido mas hermoso que nadie jamás haya escuchado jamás sin duda, yo lo veía en sus caras.
Tocaba el violín con los ojos cerrados, no era un genio, era simplemente el violinista sobre todos los violinistas, un erudito.
Y yo iba a tener el placer de bailar acompañada de sus notas que eran como tesoros aun sin descubrir.
La melodía rompió, fue como la marea en calma que se apresuraba para ir al compás de la luna y chocaba contras las rocas cada vez con mas fuerza. No me hacia falta pensar en los pasos, de hecho nunca pienso en ellos porque si lo hiciese no bailaría por placer si no por obligación y entonces el juego tocaría su fin.
La gente se agolpó alrededor nuestra. Todas las curiosas miradas de la plaza se posaban de forma intermitente en el mago que creaba la ilusión de una melodía perfecta y después en mi, que a ojos ajenos debía parecer una criatura exótica y extraña venida un país lejano donde el mar es púrpura y los pájaros tienen plumas de los colores del arco iris.
Éramos la combinación exacta. Éramos el resultado perfecto de una ecuación de magia, misterio y placer.
Seguían el ritmo dando palmas, dando golpecitos con el pie en el suelo polvoriento.
Pero yo no quería un entretenimiento. Yo quería mucho mas. Quería que todos nos gravasen en su corta y estúpida memoria.
Sin dejar de fluir al ritmo de una melodía acelerada y rasgada de violín hice una reverencia al primero hombre que encontré en la fila, le tomé la mano y lo arrastré al centro de nuestro refugio musical.
No baila. Bueno, quizás lo intenta pero no consigue nada mas que la danza que puede hacer un árbol al viento de poniente.
Baila. No hay que ser un tronco, ni tierra seca, hay que ser arena sinuosa y viento que fluye caluroso en el desierto.
Poco a poco atraje cada vez mas y mas gente a nuestro círculo hasta que ya no quedo nada.
La plaza bailaba entera al son de nuestro amigo el maestro.
Entonces no había guerra ni sufrimiento. Solo habían risas y placer.
Esquivé sin detener la danza hasta situarme al lado del protagonista. Le guiñé . Y aunque no tuviese los ojos abiertos y pareciese no salir de su exquisito trance yo se que el me vio.
La danza terminó. Pero no hubo tristezas ni mas canciones, no, el recuerdo del momento era tan pleno y dulce que a nadie se le ocurrió alzar la voz.
Nos inclinamos a la par en modo de despedida y rodeamos la gran fuente camino de la salida de la gran ciudad. Había sido una gran actuación.
Al principio era como las olas de una madrugada en calma, un murmullo. Pero aunque solo rasgaba el silencio con unas notas casi inaudible la muchedumbre se giró.
El sonido mas hermoso que nadie jamás haya escuchado jamás sin duda, yo lo veía en sus caras.
Tocaba el violín con los ojos cerrados, no era un genio, era simplemente el violinista sobre todos los violinistas, un erudito.
Y yo iba a tener el placer de bailar acompañada de sus notas que eran como tesoros aun sin descubrir.
La melodía rompió, fue como la marea en calma que se apresuraba para ir al compás de la luna y chocaba contras las rocas cada vez con mas fuerza. No me hacia falta pensar en los pasos, de hecho nunca pienso en ellos porque si lo hiciese no bailaría por placer si no por obligación y entonces el juego tocaría su fin.
La gente se agolpó alrededor nuestra. Todas las curiosas miradas de la plaza se posaban de forma intermitente en el mago que creaba la ilusión de una melodía perfecta y después en mi, que a ojos ajenos debía parecer una criatura exótica y extraña venida un país lejano donde el mar es púrpura y los pájaros tienen plumas de los colores del arco iris.
Éramos la combinación exacta. Éramos el resultado perfecto de una ecuación de magia, misterio y placer.
Seguían el ritmo dando palmas, dando golpecitos con el pie en el suelo polvoriento.
Pero yo no quería un entretenimiento. Yo quería mucho mas. Quería que todos nos gravasen en su corta y estúpida memoria.
Sin dejar de fluir al ritmo de una melodía acelerada y rasgada de violín hice una reverencia al primero hombre que encontré en la fila, le tomé la mano y lo arrastré al centro de nuestro refugio musical.
No baila. Bueno, quizás lo intenta pero no consigue nada mas que la danza que puede hacer un árbol al viento de poniente.
Baila. No hay que ser un tronco, ni tierra seca, hay que ser arena sinuosa y viento que fluye caluroso en el desierto.
Poco a poco atraje cada vez mas y mas gente a nuestro círculo hasta que ya no quedo nada.
La plaza bailaba entera al son de nuestro amigo el maestro.
Entonces no había guerra ni sufrimiento. Solo habían risas y placer.
Esquivé sin detener la danza hasta situarme al lado del protagonista. Le guiñé . Y aunque no tuviese los ojos abiertos y pareciese no salir de su exquisito trance yo se que el me vio.
La danza terminó. Pero no hubo tristezas ni mas canciones, no, el recuerdo del momento era tan pleno y dulce que a nadie se le ocurrió alzar la voz.
Nos inclinamos a la par en modo de despedida y rodeamos la gran fuente camino de la salida de la gran ciudad. Había sido una gran actuación.

2 Comentarios:
Leo, y eres mágia *-* me encanta las cosas que escribes!
Gracias por comentarme T//////T!!!!!
En el mundo bloggero no me escribe nadie mas que tu *snif*
<3***
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