Once she imagined she lived in a castle

Once she dreamed of romance, once she held the world in her hands, once was a long time ago, Far far away...

Nombre: Guinevere
Ubicación: Spain

" Tenía el rostro muy hermoso, y largos cabellos que parecían un río dorado. Alta y esbelta era ella en la túnica blanca ceñida de plata; pero fuerte y vigorosa hija de reyes. Así fue como Aragorn vio por primera vez a la luz del día a Eowyn, Señora de Rohan, y la encontró hermosa, hermosa y fría, como una clara mañana de primavera que todavía no ha alcanzado la plenitud de vida."

viernes, 17 de abril de 2009

Sir Morians ( Micaiah )

El ambiente se había helado, seguramente no habían pasado ni treinta segundos desde que se encontraba allí, esperandome, pero ya parecía que toda la maleza estaba recubierta por una capa húmeda de vientos del norte.
Lo detestaba, lo despreciaba, su sola presencia imperfecta y corrupta me hacía sentir nauseas. Y sobretodo, lo que mas odiaba es que me mirase con esos ojos azules, los de siempre, los de cuando eramos niños. Todo el valle se encontraba en penumbras pero yo sabía que me había visto, no, realmente me había sentido. Un nudo fuerte me apretaba el corazón pues a la par de que quería que se quemase en el infierno lo amaba con todo mi ser, pues era, y seguiría siendo mi hermano mellizo, Morians.

El soldado Morians había luchado con valentía a las ordenes del Capitán Sir Eddard Merryweather en la primera defensa de Lordaeron. Recuerdo cuanto lloré cuando marchó a la guerra, pues con el, un trocito de mi también se iba. Debe ser cierto que los mellizos tenemos un vínculo especial, algo que nos une y nos reconforta, algo que nos ata indefinidamente el uno al otro. Y espero que nadie me juzgue por ello, pero me hubiese encantado oir de los labios del mensajero que mi hermano Morians murió en la muralla de la gran ciudad caida. Pero el mensajero calló y me miró con sorpresa y aunque madre, ingenua, lloraba por sus muertes yo sabía que el recadero guardaba algo mas que le estaba prohibido decir, sin duda un horrible y deshonroso suceso. Morians no estaba muerto, o almenos no en el completo sentido de la palabra.
Pensé en esperarle, toda una vida si era necesario pues en el fondo creía y tenía fe en que mis sospechas fuesen erroneas y el viviese, si, pero sin ser mancillado.
Para mi desgracia los años pasaron y mi naturaleza inquieta me llevó a alistarme como soldado a la defensa de Ventormenta, a instruirme como paladina. Quizás no era mi inquietud si no la necesidad de reemplazarlo lo que guiaba mis pasos. No estoy del todo segura.
Noches sin luna soñaba con el, soñaba con que aparecía al pie de mi cama y alzaba sus brazos para que me refugiase en ellos. Ahora se que no fue un estúpido sueño, mientras el poder el Rey exánime se debilitaba liberando del control a algunos de sus caballeros de la muerte las visitas de Morians fueron mas frecuentes.
Por cada noche en vez de acercarme a la tentación de aceptarlo como mi hermano que era, mi orgullo me alejaba de el pues antes muerta que caer en las garras de Arthas y el, que era como yo, que eramos uno, había caido y eso no hacía mas que corroborar mi propia vulnerabilidad.

Había cambiado, la larga y rizada melena pelirroja ahora era una cascada gris y su piel cálida y sonrosada tan caracteristica de nuestra madre era blanquecina, como aquel al que aguarda su tumba. A pesar de todo éramos un reflejo el uno del otro, ahora un reflejo extraño y cruel, pero seguía siendolo.
No llevaba ropas de batalla, iba de cuero negro de los pies a la cabeza y emvuelta en una gran funda su espada, su nueva y única espada.
Enarcó una ceja como si le sorprendiese ciertamente que no me acercase a el con júbilo, pobre infeliz.
Me dirigí con decisión a Atreyu pues no debía tener miedo. Almenos eso me hubiese gustado pensar pues no recuerdo ninguna otra ocasión en la que me hubiese encomendado tan fervientemente a la luz y su protección.

- ¿ No te atreveras a ignorarme, verdad ? - se volvió tan rápido que no lo vi y me sujetó la muñeca con fuerza. Sus palabra destilaban rencor.
- Sueltame Morians, no tienes derecho ni siquiera a rozarme, ni a mi ni a ningún miembro de esta familia.- di un tirón con fuerza para librarme de el y me apresuré a montar en el caballo.
-Oh, nuestra querida mamá ¿ que has hecho pequeña Mica ? ¿ que mal conjuro has hecho para que no pueda pasar tras las murallas de esa vieja casa ?- me pregunté si estaréa mintiendo ¿ conjuro ? ¿ que conjuro ? bueno, la esencia de todo esto es que Melissa estaba completamente a salvo, daba igual la naturaleza de dicho escudo.
- No se de que me hablas.- se interpuso entre mi cuerpo y el de mi montura.- Te sugiero que te apartes si no quieres que te ajusticie aquí y ahora. Colgaría tu cuerpo inerte de las murallas de ventormenta si de mi dependiese.
- Sabes que eso no es cierto Micaiah, no seas mentirosa... no digo, ni pongo en duda que puedas acabar conmigo con esa ridícula daga a la que te aferras pero serías incapaz de matarme pues en el fondo sabes que soy tu hermano y que aunque te atormente te sigo queriendo ¿ Y no querrás perder a uno de los pocos que sentimos por ti verdadero afecto verdad ? Madre, yo... que vida tan miserable pequeña, te merecías mucho mas.

Algo ardió en mi interior y sin poder poner en orden mis prioridades o las consecuencias de mis actos saqué con rapidez mi daga de la túnica y se la clavé con fuerza en una pierna. No miré la herida, no quería verlo sangrar. Ni tan siquiera me llevé la daga conmigo. Me subí de un salto a Atreyu y lo espoleé con fuerza para marcharnos de aquella pesadilla lo antes posible y que me llevase lejos, muy lejos.
No pensé en volverlo a ver en semanas, quizás meses.
Sus apariciones eran esporádicas e irregulares, algo en su vil transformacion no debió salir muy bien pues no solo guardaba esa amarga esencia que todos los caballeros de la muerte tienen si no que con ella se vincula también un ápice de locura. Una malsana y sobrecogedora locura.
Dejé a mi montura en los establos descansando, ya era medianoche.
Cuando entré en la posada las mesas estaban barrotadas, enanos y humanos bebían y celebraban el productivo dia ¡ incluso había algun elfo ! Para ellos era una joven noche llena de risas y diversión después de un dia duro de trabajo. Minerva se apresuró a preguntarme si quería algo pero la despaché con un gesto. Subí con cierta pesadez las escaleras y abrí la puerta de mi habitación.

Un cálido fuego ardía en la chimenea y mis pequeños, mis bienamados levantaron sus cabecitas al oirme entrar en la estancia. Me descalcé y fui a reunirme con ellos a pie de la hoguera. Al pequeño azur Zarzamora se le habían unido dos dragoncillos mas que había adoptado en mis interminables viajes.
Rhaenys era una cría carmesí que en cierta guardia a las puertas de la ciudad de Menethil había encontrado deambulando perdida. Al principio, pensé que su imponente madre la estaría buscando y a riesgo de ganarme unos buenos y peligrosos rasguños fui a devolversela. Solo habían huesos y carne desecha.
Quizás fue un cazador o quizás no, pero no recuerdo a muchas criaturas capaces de enfrentarse a un gran dragon carmesí.
La otra diminuta cria era esmeralda y se llamaba Nymeria. a esta la guardaban en una jaula para subastarla en la capital, se llevo dias sin comida ni agua y nadie se interesaba por ella. Digamos que tuve que usar ciertos de mis recursos y no económicos para hacerme con ella. Mi maza y yo podemos ser muy persuasivas cuando así lo queremos.

Ahora yo era su madre, era todo lo que tenían y me había comprometido a criarlos y darles una oportunidad.
Por supuesto la posadera Minerva sabía de ellos, pero no su marido. A ella le parecían encantadores y sabía que si me echaba, en ningún otro lugar podría tenerlos, la casa de la orden no era una opción. Había acordado con ella que me haría cargo de sus destrozos por si alguna vez incendiasen algo, la cama, la habitación o la posada en si. En realidad no tenía ni idea de donde sacaría el oro para costear semejantes reparaciones pero ya pondría atencion en ello cuando ocurriese la castástrofe.

Me saqué la túnica y busqué mi armadura de cuero y pieles. Después de lo ocurrido no me sentiría segura con una camisa para dormir y la armadura de placas sería realmente incómoda para descansar, esta era perfecta. Después de ataviarme con ella busqué en una bolsa de pellejo unos trozos de serpiente muerta que aun se mantenían frescos. Me senté de cara a la chimenea y carbonicé los pedazos de carne para después lanzarselos a los tres dragones. Mi mente divaga sobre lo ocurrido aquella tarde mientras veia a mis crias comer. Ahora en la tranquilidad de lo que podriamos llamar hogar el juicio sobre los actos de Morians se endulzaban, la herida que le había hecho me pareció un terrible error y sobretodo anhelaba su compañía. Pero tenía que resistir, el ya no era mi hermano, había sido un esclavo mas al servicio del Rey y ahora, liberado, era un títere de su crueles instintos. Lo mejor sería que pensase en como desacerme de el lo antes posible, y no podría contar con nadie, esto debía hacerlo a espaldas de los demás y completamente sola.

Mientras Zarzamora y Rhaenys peleaban por un trozo de carne Nymeria se acercaba con torpeza y se terminó por enroscar a mi lado para dormir. La respiración pausada de la dragona y el calor del fuego en conjunto con aquel día difícil y extraño hicieron que callesé en un breve sueño abrazada a mis rodillas sentada sobre el suelo.

El revoloteo de los dragones y el olor a podredumbre me sacaron del sueño. Al principio pensé que una fortuita guerrilla en la posada había llegado a mal puerto con la muerte de algún cliente o quizás algún asesino había dejado su recibo a pies de una casa cercana pero luego pensá que el ambiente no solo estaba cubierto de muerte si no también de la putrefacción de varios dias, frio invernal y bueno, supongo que el inquietante sonido de el acero arastrado por las tablas de madera también era para tener en cuenta.
Me levanté de un salto y me hice con mi escudo habitual de batalla, uno que de rodillas me cubría por completo, perfecto para situaciones defensivas. La espada la dejé en su sitio, no pensaba acabar con la vida de nadie y tenerla en mano junto al escudo me hacía mas torpe y lenta. Salí con prisas de la habitación y cerré con llave, ante todo la seguridad de mis crias. No tuve que dar ni dos pasos para ver subiendo por las escaleras el reflejo de lo que amenazaba aquella noche la posada.
Una gran espada forjada con hielo, hierro vil y colmada de runas acompañadas de una mirada glacial se acercaban con tranquilidad hacia mi. Cuando la luz de la luna que iluminaba el pasillo lo cubrió pude ver que tras de Morians, una criatura deforme, un maldito y traicionero necrófago lo seguía, de el procedía ese olor tan particular.
Puse el escudo por delante de mi y miré con desprecio a su nuevo "amigo".

- Vete por donde has venido Morians, y nadie saldra herido. No hagas nada de lo puedas arrepentirte, esta es casa de indefensos civiles y no tienen nada que ver con nuestra guerra personal.- Antes de haber acabado la frase se rió con ganas.
- No vengo en pos a sus almas, no...esta vez no, vengo a por la tuya, Micaiah. ¡ Ah ! Me has hecho daño ¿ lo sabías ? - se señaló la pierna herida, supuse que bajo la armadura aun tendría la cicatriz abierta.
- Salgamos Morians, no quiero causar destrozos, zanjemos esto en un lugar mas seguro para...
- ¡ Será ahora ! -y dicho esto lanzó su gran espada hacía mi que a duras penas paré protegiendome bajo el escudo.

Reuniendo todas mis fuerzas me alcé, conseguí repelerlo y que retrocediese dos pasos. Lanzó otra estocada pero esta vez de forma horizontal a la que me retiré antes de que me cortase el cuello. Cogí el blasón de Lordaeron en peso y cubriendo mi lado derecho cargué contra el dejándolo unos segundos confuso, lo suficiente para volverme atras y ponerme en guardia una vez mas.

- Cuando yo era un experto soldado en manos de padre tu aun eras una niña indefensa aprendiendo a bordar ¿como se te pasa por la cabeza que podrias derrotarme?- comentó con tono insolente mientras se reponía.
- Porque las cosas han cambiado.
- ¡ Ah, ya ! Te han instruido y ahora formas parte de una gran orden y...- siempre he sido una persona con un mal caracter dificil de controlar y este no era uno de mis mejores momentos. Estaba cansada, era medianoche y no queria escuchar mas tonterías por el dia de hoy asi que con fuerza lancé mi escudo acertando de lleno en su estómago.

Escupió sangre a un lado y terminado de captar el concepto de que no quería oirle decir ni una palabra mas continuó con el ataque, esta vez con mas fiereza. Era rápido, y mucho mas fuerte de lo que pudiese ser yo, habría adquirido algunos aspectos sobrenaturales con su rendición al Rey exánime y sabía perfectamente como y cuando utilizarlos . En esos momentos me arrepentía cada segundo que pasaba de no portar la espada, este sí era un duelo a muerte. Consiguió tirarme varias veces contra el suelo y aunque en la primera ocasión me repuse apoyando el peso de mi cuerpo sobre el escudo la segunda vez algo mas abatida no lo conseguí y lo único que estaba en mi mano hacer fue reunir las fuerzas de la luz para que creasen un barrera protectora dándome unos segundos de vida mas.

No podía sanar mis heridas, habia llegado al borde de mis fuerzas y casi había perdido el conocimiento. El, conocedor de mis limites apartó la espada y esperó a que el escudo protector se disipase.
- Que lástima, esto no tendría porque haber acabado asi. En algunos lugares de Azeroth se cuenta de que cuando un mellizo muere el otro también pues estan atados en la vida y en la otra que hay mas allá. ¿ Quieres que probemos si es cierto Micaiah ?.- La fuerza protectora se iba disipando poco a poco y el se acercaba cada vez mas.
- Estas enfermo Morians y ni yo ni lo que hay después de esta vida podriamos salvarte, puesto que tu alma ya esta condenada a errar y redimir sus pecados con su eterno sufrimiento.

La barrera desapareció y por un breve instante nuestras miradas conectaron, ahí, a pesar de todo estaba mi querido hermano. Recibí un golpe con el reverso de su espada y caí sobre la pared para despuéss resvalar poco a poco hasta el suelo cubriendolo todo de sangre. Moverme era imposible pero tampoco sentía mis heridas, solo notaba el sabor a óxido y sal de la sangre en mi boca y como el suelo se iba empapando con ella. Cerré los ojos, un profundo sueño se iba apoderando de todo mi ser y pense que la muerte vendría a por mi. Y no por dulce si no por temprana la odié, habría querido hacer tantas cosas, tenía tantos asuntos pendientes, mucho que decir, aun me quedaban sensaciones que descubrir.

Lo próximo que recuerdo es el dolor de las magulladuras por todo mi cuerpo y de como alguien me llevaba en brazos. Escuchaba voces, exclamaciones ¿ habría llegado ya la madrugada ?. Me dolía, quería que me soltasen, me apretaban con fuerza y creía que me desmayaría por las agudas punzadas que sentía en cada musculo. Pero no me desmayé, ante todo pronóstico abrí los ojos y el sol brillante de una buena mañana me deslumbró. Reconocí el casco de aquel que me portaba, la armadura, era un miembro de la Guardia de Ventormenta. Le estaba agradecida.
- Descansad, pronto estareis en la catedral y los sacerdotes haran que os sintais mucho mejor.
- Si...
Estaba viva, Morians vino a por mi alma y no se la llevó, quizás aun quedase algo de humanidad en aquella criatura cruel.
Bueno, lo importante es que todas aquellas cosas que lamente no poder hacer ahora estaban a mi alcance, y no pensaba desperdiciar ni un segundo.

lunes, 6 de abril de 2009

Una carta inesperada ( Micaiah )

Tendrían que disculparme.
O si no, soportaría cualquier castigo que me infligiesen por desobediencia.
Estas eran unas causas mucho mayores. A primera hora de la mañana me dirigí hasta la posada donde habitualmente me hospedada para poner en orden mis cosas, lustrar la armadura de Atreyu y comer algo antes de tener que ponerme en marcha una vez mas hasta Rasganorte.
Hacia un día espléndido y a pesar de no ser ni las 7 de la mañana Ventormenta ya estaba llena de vida. Los mercadeares ponían a punto sus tiendas y los ciudadanos comenzaban sus quehaceres.

-Buenas Días, Señora Minerva.- le hice un gesto con la mano a modo de saludo antes de subir las escaleras.

Minerva Sunwig era una mujer agradable ya entrada en edad pero que conservaba aun un reflejo de enigmática belleza de años atrás. Una sonrisa picara le asomaba de cuando en cuando por la comisura de los labios y a pesar de su edad alta, fuerte y ágil. Era toda una gran señora que siempre tenía una palabra amable para todos sus huéspedes.

-Señorita, disculpad las molestias, pero me ha llegado carta urgente para vos...

Que extraño. Solo habían dos personas que supiesen mi paradero exacto. No era precisamente porque me escondiese, simplemente apreciaba como oro mi intimidad.
Tomé la carta de manos de la señorita Minerva con cierta desgana. De una de esas personas no quería recibir absolutamente nada y de la otra, bueno, sea lo que fuese esta claro de que no eran buenas noticias. Que lastima, hacia un día precioso.

La carta era de Lady Melissa de Torrealba, mi señora madre.
En la carta explicaba que en una de sus salidas a la capital se vio obligada a esconderse en la maleza puesto que un pequeño grupo del enemigo atentaba contra las murallas de la ciudad, sin éxito, por supuesto.
Mi madre se había arañado con la maleza con tal mala suerte de haberse escondido en el único posible lugar en kilómetros a la redonda donde habría flora venenosa.
Tenía una intoxicación, nada grave. Pero los sacerdotes a disposición del pueblo estos días recientes escaseaban debido a las numerosas batallas que se libraban.
Me pedía que fuese a visitarla para acabar con su infección y para ver la cara de su hija que según decía ella hacia siglos que no veía. Que dramática.
A pesar de todo iría.
Era mi madre, la única familia que me quedaba y aunque exagerada si era cierto que descuidaba mis visitas.
Además, me preocupaba que le subiese la fiebre.

Lady Melissa de Torrealba, ahora Melissa Merryweather era la primogénita de una familia noble que llevaba 5 generaciones habitando en los limites de Villadorada.
Los Señores de Torrealba habían sido una familia rica e influyente hasta que las incursiones orcas a sus tierras habían ido mellando su economía y por lo tanto su tan estimada influencia. A Melissa, una joven virtuosa y de una belleza singular la hicieron casar con un capitán de la guardia de Lordaeron, Eddard Merryweather.
El joven no era de familia noble, no tenía tierras ni títulos pero si dinero, pues generaciones atrás antes de que el abuelo de Eddard ingresara en la guardia habían sido mercaderes bien acomodados.
La joven no estaba muy entusiasmada por la idea, imaginaos, de estar viviendo a cuerpo de reina en casa de sus padres a pesar de las deudas pasaría a estar casada con un austero militar viviendo en una casa de campo alejada de todo.
Por eso, cuando llega a sus oídos la noticia de la muerte de su esposo y sus dos hijos en la defensa de Lordaeron lo sintió por sus pequeños, lloró durante amargas semanas por ellos y cada día desde entonces ha visitado lo que dicen que son sus tumbas, puesto que los cadáveres nunca pudieron ser recogidos de la gran ciudad caída. Echo también de menos a su marido, sin duda, pero el golpe no fue ni una décima parte de doloroso.


Era hora de ponerse en marcha.
Tendría que vestirme para la ocasión, quitarle la armadura a Atreyu y ¡ah¡ rasganorte tendría que esperar.

-Minerva ¿os importaría subir y ayudar a vestirme por favor? me ha surgido un compromiso que tengo que atender de forma urgente.- Necesitaba la ayuda de alguien que tuviese el toque femenino que tanto le gustaba a mi madre y del que yo carecía.

-Por supuesto, ahora mismo subo, en cuanto termine de atender a estos señores de la mesa del fondo.

Dejé a un lado del cuarto mi espada y escudo para desempolvar un baúl viejo de madera que tenía por cerradura el emblema de la casa de los Torrealba.
Habían cartas, pergaminos, tinta, un par de libros y al final de todo una túnica azul marino de terciopelo que solo usaba cuando iba a visitar a su madre o en ocasiones que la etiqueta lo requiriese.
Olía a humedad y parecía mucho más envejecido de lo que era realmente, pero tendría que conformarse con eso. Minerva subió a los pocos minutos y presto un maravilloso servicio. Me ayudo a airear la túnica, ponérmela debidamente y a realizarme una trenza de espigo.
Cuando me mire al espejo casi me entraron ganas de gritar, esa no era yo, era la Micaiah de Torrealba que a mi madre le hubiese gustado que fuese.
Pero estaba tan sola, todos los días en esa gran casa en compañia de un triste gato.
Muy bien, no había nada que temer, montaría sobre Atreyu y saldría tan rápida de la ciudad que a ningún curioso le daría tiempo de volver la cara para mirarla.

Y así fue, tan rápido iba que casi caigo al foso de ventormenta, puesto que estoy acostumbrada a cabalgar con una armadura muy pesada y mi nueva ligereza me pillo desprevenida.



Después de treinta minutos a lomos de Atreyu llegué a la residencia de mi madre. Hace 50 años aquella casa habría sido una mansión espléndida, majestuosa y llena de vida. Ahora solo era un cascaron viejo a medio camino de ser ruina, pero su inquilina se sentía satisfecha en aquel lugar, le recordaba al esplendor de los viejos tiempos, a una época y un lugar al que ya no pertenecía.
La mansión estaba rodeada de altos pinos que hacían sombra a toda la zona y refrescaban en ambiente. Bajé del caballo con cuidado de no estropear el gran trabajo de Minerva y me adentré en el lugar.
Me recibió con un abrazo y un beso en la mejilla para después alejarse dos pasos y examinarme exhaustivamente, como siempre.

-Hija os veo mucho mejor que la última vez.- la última vez vine con una armadura de cuero y pieles embarrados y el pelo revuelto, no tenía que hacer demasiado para que me viese más presentable que en aquella ocasión.
-Gracias madre, os agradezco el cumplido, las cosas han cambiado un poco desde aquella vez.
-Ya me contareis, pero pasad, pasad, he preparado vino caliente especiado y unas tortas de miel.

Pasamos toda la tarde hablando de nuestras respectivas vidas mientras después del vino le atendía la herida envenenada.

- No os entiendo, siempre venís con la misma túnica que os obligue a meter en el baúl cuando os marchasteis ¿cuando os comprareis otra? esta vieja y no os luce, conozco a unos sastres encantadores que...
- Madre, como os he dicho, entre mis votos estaba el de pobreza.- le interrumpí antes de que me hiciese lista de todos esos encantadores sastres que ella conocía.
- Pues os regalare una de las mías, tengo muchas y algunas ya no son del todo apropiadas para mi edad.
- Madre no es necesaria, no las...
- No hay mas que hablar.- que cabezota era, bueno, es hereditario me temo.

Se fue canturreando una canción que había escuchado tiempo atrás dejándome sola en la sala de estar. En un rincón de ella, bajo un retal de seda se encontraba mi antiguo dúlcemele. No sé decir exactamente si lo había echado de menos o no. Había sido mi mas fiel amigo antes de la muerte de mi padre y hermanos, había sido mi confidente antes de irme de mi hogar...
Me llamaba, me tentaba a recordar viejas notas, me suplicaba que lo tocase una vez mas, que llenase esas viejas paredes con melodías por ultima vez.
Bueno, si de verdad iba a ser la ultima vez...
Me levanté, me puse detrás del instrumento y empecé a tocar, no estaba desafinado, sonaba de forma tan deliciosa como aquella tarde hacía casi 7 años.Su sonido era limpio y me ayudaba con su fluir a aligerar la carga tan pesada que llevaba desde hacía unas semanas.

Melissa bajó las escaleras con una túnica color turquesa entre sus manos. Se giro hacia mí con la elegancia que la caracterizaba. Y no dijo nada.
Tomó asiento en la silla mas cerca de la ventana y se limitó es escuchar la melodía que salía de aquel trance en el que había entrado.
Así pasaron al menos dos horas hasta que la puesta de sol hacia su presentación.
Cuando la habitación parecía estar recubierta por un manto dorado dejé de tocar y fuí a sentarme al lado de mi señora madre.

- Yo también los echo de menos madre.- unas amargas lagrimas recorrían el surco de unas arrugas prematuras fruto de la tristeza.
- Pienso en todo lo que pudo haber sido y no fue pequeña Micaiah. Tus hermanos convertidos en valerosos soldados a ordenes de tu querido padre, tú a mi lado hasta que tuvieses edad para formar tu propio hogar, nada ha salido como esperábamos.- con la manga de mi túnica le sequé las mejillas mientras terminaba de hablar.
- Mi padre y mis hermanos murieron de la forma más honorable que pudiera existir en este mundo, defendiendo a los suyos, a su hogar. No debes sentir lástima por ellos pues están cubiertos de gloria como los héroes de antaño allá donde estén.- tomé sus manos entre las mías, estaba tan sola y había sufrido tanto.
-Hablas como eddard querida, en el fondo siempre supe que eras como él- una sonrisa de satisfacción llenó mis labios, mi padre era mucho mas de lo que yo podría alcanzar pero me hacía sentir bien que mi madre viese su reflejo en mi.

El sol se había ocultado tras las montañas y solo quedaban retazos de la luz que lo habían coloreado todo durante el día. Mientras protestaba a Melissa por la túnica que había insistido en bajar, escuché unas pisadas sobre la tierra del jardín. El susurro de una frase que no entendí. La agitación del viento sobre algo. No estábamos solas.
En un acto reflejo me levanté rápidamente la túnica hasta el muslo donde tenia una daga corta sujeta con una correa. La saqué de su funda y amenace a lo que fuese que había en el exterior con ella.
Mi madre reprimió un grito del susto. Y cuando yo ya estaba mas que dispuesta a salir en carrera tras el individuo, Fluffy, el gato de la familia salió de entre los matorrales.
Maldito gato. Si es que eso es lo que era.
Fluffy llevaba en la familia desde antes de que hubiese nacido yo. Tenia según las cuentas 35 años. Larga vida para un gato vulgar.
Era casi tan grande como una pantera negra, lo recubría un sedoso pelaje negro con tonos purpúreos. En resumen, era un gato muy raro.
Si de mí dependiese lo hubiese aparto de aquella casa, pero Melissa lo adoraba ¿ y quien era yo para apartarla de su única alegría?

- Micaiah Merryweather. No volváis a hacer eso nunca mas, me habéis dado un susto de muerte a mí y al pobre Fluffy.- me miraba con el ceño fruncido.
- No puedo evitarlo madre, me siento vulnerable si no llevo un arma conmigo.
- No estamos en una constante guerra hija mía..
- De hecho si que lo estamos, pero no pareces ser consciente de ello.- inmediatamente me arrepentí de haberle dicho aquello con tanta dureza. Yo luchaba para que personas como ellas pudiesen llevar una dulce vida fuera de peligro, esas cosas no se echan en cara. Debo tener presente de que no es como yo.- lo siento madre...
- Estoy segura de que tenéis cosas que hacer pequeña, no quisiera entretenerte de tus tareas.- lo dijo en un tono distante, la había herido y no quería discutir nada mas conmigo, al menos en el día de hoy.

Le di un beso en la mejilla y la deje en el polvoriento salón.
Respire profundamente cuando salí al exterior, aire puro, el frescor que anunciaba la noche, la tierra húmeda.
El placer de volver a estar en el exterior apunto de recorrer un largo y deleitante camino a galope se extinguió de forma súbita cuando justo frente a mi corcel divisé una silueta conocida.
- Maldición... -murmure para mí.